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Marketing vs tradición y su aplicación al futbol

NOTA PREVIA: Esta entrada fue escrita para @lavidaenrojiblan en pasado 19 de Septiembre de 2017

Se enfrenta esta semana el Atlético de Madrid al Athletic Club de Bilbao, club del que, en cierto modo, desciende. La historia es de sobra de conocida por cuanto aficionado al Atlético que se precie de serlo: los estudiantes bilbaínos en Madrid, la camiseta del Southampton… No entraré (hoy) en esa historia, entre otras muchas razones, porque hay gente en este web muchísima más capacitada que yo para escribirla.

En lo que sí que quisiera entrar, aprovechando la visita a nuestros “hermanos” vascos es en el respeto a las tradiciones, algo que, más allá de ciertos casos puntuales, parece absolutamente perdido en el fútbol. Y especialmente en el caso del Atlético de este año, donde al socio (o al pagano o “pagador”; no se engañen ustedes, tampoco somos clientes de una SAD, como dicen algunos: al cliente se le suele tratar muchísimo mejor) se le ha cambiado, de estadio, de escudo y de camiseta; todo en el mismo año y toda sin contar en absoluto con su opinión, faltaría más.

Y allá donde el cambio de estadio o escudo suelen ser acontecimientos (o desgracias) bastante puntuales en la vida de los clubes de fútbol (caso de que se den), el cambio de camiseta se lleva a cabo, desde hace algunos lustros, en cada equipo, en cada país y cada año. Marketing, lo llaman. Dinero, lo llamo yo: hay aficionados que mueren cada año por comprar la “nueva camiseta” de su equipo del alma. Y, a más de 100 Euros por camiseta (original) vendida, el negocio es pingüe para los clubes (y para las marcas deportivas, dicho sea de paso).

Y puedo entenderlo, hasta cierto punto. Pero también creo que debería haber algunos límites: pudiera admitir que, en aras del marketing (dinero, créanme) se cambiasen cada año las segundas y terceras equipaciones. O que se retocase ligeramente la primera. Pero hay ciertas cosas que deberían permanecer invariables porque forman (o deberían formar parte, mejor dicho) de la esencia de los clubes: en el caso del Atlético, por poner el caso que nos ocupa, el número de rayas rojas y blancas, la anchura de las mismas, el que (también) ocupen la parte trasera de la camiseta… Y no es sólo que debieran permanecer invariables; es que, he hecho, deberían venir definidas en los estatutos de los clubes. ¿He dicho clubes? Cuán inocente y romántico es uno… si eso ya no existe…

Sin embargo, por otro lado y para que sirva de contrapunto de lo arriba escrito, debe uno decir que el pasado fin de semana estuvo hablando con un buen amigo, director creativo de una reputada empresa en este país y, para bien o para mal, no excesivamente aficionado al futbol (o forofo); creo, honradamente que para bien, en este caso. Y me aportó un punto de vista totalmente diferente: me dijo que el tradicional escudo del Atlético, como marca, como imagen, no valía absolutamente nada. Que, dadas por hechas las diferencias en ingresos televisivos con los dos grandes, si el Atlético quería crecer debía ser en base al marketing y a los famosos “ingresos atípicos”. Y que, en consecuencia, había hecho muy bien en llevar a cabo “a la vez” el cambio de estadio (incluyendo su patrocinio por el grupo Wanda), de escudo y de himno, si éste llegase a producirse; que era una estrategia “fantásticamente parida” (sic) y que ese debía ser el camino.

Respecto (mucho) el planteamiento, lo entiendo y hasta sería capaz de defenderlo. Posiblemente sea porque he trabajado en asuntos de marketing varios años y porque considero a este buen amigo una persona muy capaz en su campo. Pero, en este caso concreto, no soy capaz de interiorizarlo ni de hacerlo mío, lo siento mucho. Como cantaba Alejandro Sanz, en una frase que pareciese estar escrita para el Atleti “es un sentimiento, casi una obsesión, si la fuerza es del corazón”.

Seguro que el Metropolitano (jamás, Wanda, por muchos ingresos que aporte) será más cómodo, más bonito, más tecnológico y tenga 4G (y hasta podamos whatsappear desde él) … Seguro generará más ingresos que repercutirán en el bien del club (estoy de buen humor hoy y seré bien pensado) … seguro albergará finales de Champions y puede hasta sea sede fija de la final de la Copa del Rey…

Pero, a mí, déjenme con mi viejo Calderón, su frío que se metía hasta en los huesos por la humedad del río, sus dos “agujeros” en la grada y sus indecentes cuartos de baño (por la desidia o el interés de la directiva)… déjenme con mi viejo Calderón y sus prepartidos, en “El Doblete” o en el “El parador”… déjenme con mi viejo Calderón desde donde veía la antigua casa de mi abuelo (Virgen del Puerto, 69) a quien tantas noches un niño “pidió permiso” para dormir allí y así poder ver a su Atleti (uno ha visto a Luiz Pereira, Ayala, Leivinha, Rubén Cano… y ya, siendo algo más “mayor” y yendo “sólo” al fútbol a Alemao, el debut de Donato tras ficharlo Gil en un trofeo Ramón de Carranza) …

Déjenme con mi vida. Y con mi (nuestro) escudo, por cierto.

La verdadera última tarde del Vicente Calderón

Por trabajo, vivo fuera de España hace dos años. Algunos me preguntaran: ¿y tú qué coño tienes que decir en esta historia? Por mis problemas con los Gil y mis circunstancias familiares (aunque esté feo autocitarse, recomiendo leer esto), hace años dejé de ir al Calderón y dejé mi abono. Conservé “solo” y pese a las reticencias de mi mujer mi condición de socio y mi número. “¿Porqué pagas 50 Euros al año por un número?” No es “un número”, es “EL NÚMERO”, sin más… el 7646, por cierto… Y muchos se preguntarán, otra vez: y tú, ¿qué coño tienes que decir en esta historia? Y es posible tengan razón, pero…

Hace algunos dias, se inaguró el famoso Wanda Metropolitano (para la mayoría “Wanda”: para mí, sin duda, “el Metropolitano”, faltaría más). Y es muy fácil decirlo hoy… Y muchos me acusarán de oportunista… y lo entiendo y no lo critico…

Uno estaba en Madrid, habiendo llegado el viernes de Francia y viajando el domingo a Egipto… y tiene ciertas obligaciones familiares (la más importante, un niño de 6 años, que es el verdadero “amor” de su vida) … y a uno le hubiera encantado vivir ese Atlético de Madrid – Málaga. Pero uno nunca hubiese ido al Metropolitano… uno hubiese ido al Calderón… a escuchar su silencio… a ver y oír los gemidos desgarrados del hombre o la mujer abandonados por el cochino dinero… a ver el silencio de los bares otrora llenos de banderas y bufandas rojiblancas haciendo del pre-partido, una tradición más importante, si cabe, aún más importante que el partido en sí.

Uno hubiera ido el pasado 16 de Septiembre al Paseo de los Melancólicos (qué gran nombre para esta situación): y es que, la última tarde del Calderón no fue el partido contra el Athletic (por muchas implicaciones sentimentales que tuviese), ni fue una final de la Copa del Rey que jamás debió disputarse allí, ni fue, por supuesto, ese engendro llamado “el partido de las leyendas”. La verdadera última tarde del Calderón fue el 16 de septiembre de 2017, primer partido en el nuevo Metropolitano; paradojas del destino y romántico que es uno.

 

Un padre y un hijo (del Atleti)

Cuenta la leyenda que hubo un día un niño que nació en Madrid, porque su madre empeñóse en que naciese allí, aunque sus padres vivían por aquél entonces en Ferrol. Y ese niño se crió en Ferrol y, por mucho que a muchos les pese, ese niño se siente gallego.
 
Sigue contando la leyenda que ese niño era muy asmático y el clima de Ferrol le venía muy mal. Y, por esa y otras razones, sus padres se trasladaron a vivir a Madrid. Y fueron a vivir a 500 metros del Santiago Bernabéu. Pero al que su padre, madridista él, jamás llevó al fútbol. Y al que su tío llevó al Calderón, por primera vez, a ver un partido amistoso del Atleti contra el Toledo: y vio a Luiz Pereira, a Rubén Cano, al ‘Ratón’ Ayala… Y se enamoró de aquellos colores rojos y blancos. Para siempre.
 
Y un niño que empezó a ir al Calderón siempre que se lo podía pagar. Y un niño al que su padre, madridista él, pagó el abono del Atleti dos o tres años. Y un joven, ya, que no trabajaba todavía y al que su padre dejó de pagarle el abono del Atleti “porque Gil había añadido la cuota de IVA al abono”, subiéndolo de 2.000 a 2.240 pesetas, que aún se acuerda ese niño de las cantidades. Y al que su padre dio su paga mensual descontadas las 2.240 pesetas.
Y un joven que, desde entonces, se pagó su abono con su paga los años que podía. Y los que no, pues, no. Y un joven que, desde que empezó a trabajar, en 1995, pagó cada año su abono del Atleti. Y que ha ido al Calderón cada domingo y cada miércoles, ganase o perdiese el Atleti, abrasase el sol o nevase, jugase el Atleti semifinales europeas (frente a Parma o Lazio) o jugase en Segunda (con el ‘Poli’ Ejido o Racing de Ferrol, querida ciudad para ese joven, ironías del destino)…
Un joven que se ha metido en las tres filas de asientos que hay en el Calderón debajo de los palcos VIP para resguardarse de una tormenta de nieve en un partido frente al Athletic; un joven que, recién llegado de Lanzarote  un puente de Diciembre, fue al Calderón a ver la vuelta de unos octavos de final de UEFA, frente a la Real Sociedad,  ‘muriéndose’ de frío en 1998, el día del desgraciado asesinato de Aitor Zabaleta… Y que tenía tanto frío que, por primera y única vez en su vida, le ‘daba igual’ perdiese o ganase el Atleti; sólo quería no hubiese prórroga para irse a su casa… (Por cierto, hubo prórroga y ganó el Atleti)…  Un joven que ha visto al Atleti ser campeón de Copa, en el Bernabéu, en 1991 y 1992, frente a Mallorca y Real Madrid… Que no pudo ir a la de 1986, también en el Bernabéu, frente al Athletic, porque perdió su entrada (sí, así de despistado era y sigue siendo)… y la encontró días después, en su propia casa…y la sigue teniendo guardada, como todas y cada una de las entradas de los partidos a los que ha ido, en Primera, Segunda, competición europea o amistoso… en el Calderón o en A Malata (cuántos recuerdos)… en Riazor o el viejo San Mamés (cuánta historia allí)…
 
El Ferrol y A Malata, cuántos recuerdos

El Ferrol y A Malata, cuántos recuerdos (Foto estadiosdeespana.com)


 

Un joven que jamás ha dado la espalda al Atleti. Un joven al que, el día en que el Atleti de Antic ganó la Copa del Rey al Barcelona en 1996, sus amigos, durante el partido, hubieron de irlo a buscar varias veces fuera del bar de Madrid donde lo estaban viendo, porque se moría de la angustia y no quería seguir viendo el partido… Y al que sus amigos han levantado del suelo, ese mismo día, llorando cual niño pequeño, porque el Atleti había sido campeón… Un joven que ha visto al Atleti ser campeón de Liga en el Calderón, frente al Albacete, en el que ha sido uno de los días más felices de su vida… Un joven que ha visto en el Calderón la Copa de Europa del 97… Y que llegó, por los pelos, desde el trabajo, al partido frente al AJAX, vestido con chaqueta y corbata… Y que se marchó del campo, en el minuto 10 de la prórroga cuando Ronald de Boer marcaba el 1 a 2, porque ‘su’ Atleti estaba fuera de las semifinales…  y que se dio la vuelta y volvió a entrar al campo pensando “si marcamos, volvemos a estar a un solo gol de la semifinal”… Y que vio el resto de la prórroga, ya sin asiento, en las escaleras de las tribunas del Calderón…  Y que aquella noche lloró mucho… y, masoca que es, llegó a casa y se vio otra vez el partido completo grabado… sí, completo, con prórroga incluida, que no es una broma, para intentar entender porqué había perdido ‘su’ Atleti…
 
Y un joven que ha visto al Atleti bajar a Segunda, en aquel fatídico partido en Oviedo, con aquel penalti fallado por el gran Jimmy Floyd Hasselbaink… Y que ha visto al Atleti no subir a Primera en aquel partido en Getafe (o en Leganés, que la edad ya hace sus estragos, y no se acuerda) y que, fíjense ustedes lo inocente es, puede hiciese aquella noche la única ‘gamberrada’ de su vida: apuntar, en un pedido a un proveedor en la puerta de un bar cerrado, que se necesitaban 10 cajas de Trinaranjus, en lugar de una…
Y un joven al que sólo una terrible enfermedad (recuperada), de la que muchos no han vuelto, apartó temporalmente del Calderón… (“Tu eres un superviviente”, le dijo un médico).
Y ese joven se fue haciendo mayor. Y se enamoró. Y se casó. Y (“sus problemas con las mujeres”, que cantaba Loquillo) dejó de ir al Calderón con tanta regularidad. Y (“sus problemas con los Gil”), renunció a su abono. Pero siempre conservó su carnet de socio para seguir teniendo su antigüedad y su número que, aquí donde lo ven, está por debajo del 8.000. Pese a las reticencias de su mujer, que no entendía por qué se pagaba una cuota “sólo por conservar un número”. No es “un número”; es EL NÚMERO, sin más.
Y este joven, convertido ya en hombre, tuvo un hijo. El 24 de Marzo de 2011. Y un hijo que el 29 de Marzo de 2011, cinco días después de nacer, era socio del Atleti, pese a las reticencias (otra vez) de su mujer. Reticencias no por el hecho en sí, sino porque fuese apenas cinco días después de nacer. Guardado tiene ese padre, además de sus carnets, sólo faltaba, su hoja de registro en el Atlético y el ‘papel’ de la ORA (Organización Regulada del Aparcamiento) para aparcar en Madrid, frente al Calderón.
Y ese hijo empezó a crecer. Y ese padre trató de inculcarle su amor por el Atleti. Y ese niño, listo, como su madre (gracias, Ana) y no como su padre, por cierto, y muy ‘chinchón’ decía a su padre que era del Madrid pero, en el colegio, decía “era del Atleti porque el Atleti era el mejor y su padre era del Atleti”.
 
Y ese padre llevó a su hijo, en un pub de Madrid, a ver el partido frente al Barcelona el 18 de Mayo de 2014, partido que nos podía dar el título de Liga. Y ese niño, con sólo 3 añitos, se asustó cuando ese padre gritó el gol de Godín que hacía al Atleti campeón de Liga. Y ese padre, en lugar de celebrar como se debía ese mágico gol, hubo de salirse a la calle a tranquilizar y consolar a ese hijo, que no entendía por qué su padre (y el resto del bar) habían gritado así.  Y ese hijo se dedicó, a partir de ahí, a ver dibujos en una tablet que tenía otro padre de otro niño del Atleti. Y ese niño no vio la final de Lisboa, era muy tarde para un niño de tres años. Y ese padre lloró aquel día, como si no hubiese un mañana. Y a ese padre le decían había que estar muy orgulloso y no llorar; pero ese padre no sabía, no podía. Sólo lloraba. Lloraba porque no había visto a ‘su’ Atleti ser campeón de Europa.
Y llegó 2015. Y ese padre se fue a México a trabajar. Y ese niño se quedo, momentáneamente, en Madrid. Y ese Atleti, con 400 millones menos de presupuesto, peleó la Liga hasta el penúltimo partido. Y fue avanzando, ronda a ronda, en la Champions. Eliminando, uno tras otro a campeones de Liga:Kazajistán, Turquía, Portugal, Holanda, España, Alemania… todos los que fueron pasando.
Y llegó la final de Champions. Un padre en Ciudad de México y un hijo en Madrid. Un padre que, otra vez,  lloró mucho, muchísimo, tras ver que el Atleti perdía otra vez la final de la Copa de Europa; sólo, él sólo, en México. Un hijo que, en Madrid,  se puso su camiseta del Atleti antes de empezar el partido, que animó al Atleti en toda su inocencia de cinco años y que, pese a la derrota, insistió a su madre en que dormiría con la camiseta del Atleti, que nadie se la quitaba. Y una madre que, gustándole poco el fútbol y siendo, dentro de no gustarle el fútbol, del Madrid, animaba al Atleti (gracias, Ana, otra vez).
Juanfran, besando el escudo del Atlético

Juanfran, besando el escudo del Atlético (Foto: marca.com)

 

Y aunque la historia sea muy dura (no diré injusta porque ‘las finales no se juegan, sólo se ganan’), hay algo que tiene reservado para ese padre y ese hijo. Ese padre ha hablado hoy con ese hijo y le ha prometido que el triunfo definitivo lo verán juntos, que el Atleti no había ganado ayer porque no estaban juntos, porque estaban a 9.000 km. de distancia; y ese hijo ha contestado: “¿De verdad, papá, de verdad que vamos a ver ganar al Atleti la Copa de Europa juntos?”
 
NUNCA DEJES DE CREER.

 

P.D.: Puede esta historia no esté muy ordenada, pero es como le ha surgido a uno. Y necesitaba escribirla hoy.
Nota del Autor: Escrito el pasado 29 de Mayo de 2016 para @TFM_web